Historia
El despliegue de las redes UMTS y la llegada de la llamada telefonía móvil de tercera generación (3G) abrieron las puertas a las comunicaciones digitales de alta capacidad, unas prestaciones que hacían posible una nueva aplicación largamente soñada: la videollamada en movilidad.
Dicen que el 90% de la información que recibe nuestro cerebro proviene de la vista, y como seres visuales que somos, cabía esperar que la nueva prestación de los ya omnipresentes teléfonos móviles nos cautivara como lo hicieron las comunicaciones de voz o los SMS.
El fiasco
Pero no fue así. Muchos teléfonos móviles incorporan hoy dos cámaras, una para hacer fotos y otra que enfoca hacia el mismo lado donde está la pantalla, destinada a realizar videollamadas.
Sinceramente, ¿alguien las usa?
Parece que, por un motivo u otro, las aplicaciones relacionadas con la imagen no acaban de cuajar en el mundo de la telefonía móvil, a pesar de los intentos reiterados de las empresas operadoras del sector. No ha sido únicamente la videollamada que no ha encontrado su lugar: tampoco lo han hecho los MMS (Multimedia Messaging Service) o la televisión por móvil DVB-H (Digital Video Broadcasting Handheld).
¿Qué hemos aprendido?
Ciertamente, admitimos las videocomunicaciones cuando estamos en casa sentados ante el ordenador. Asimismo, también aceptamos que nos interrumpan en cualquier momento de nuestra vida cotidiana con una llamada al móvil. La combinación, sin embargo, de ambas intrusiones parece que supera nuestro umbral de tolerancia.
La videollamada móvil nos ha permitido descubrir la frontera del nivel de intrusión en la intimidad que las personas estamos dispuestas a aceptar, y quizás nos señala un límite en el uso de la tecnología.