Historia
En 1987, la Comisión Europea patrocinó un proyecto de investigación, Eureka 147, para la difusión de emisiones de radio digital que tenían la calidad de un CD. En 1988 se hicieron las primeras pruebas en Ginebra y diez años después empezaron las emisiones en el Estado español. Las principales cadenas de radio se presentaron a regañadientes a las licitaciones que, a partir del año 2000, hicieron el Gobierno español y la Generalitat de Catalunya y durante ocho años han estado emitiendo sin apenas oyentes. La inversión aproximada en la radio digital ha sido de unos 50 millones de euros, 350 si se le suman los importes de los otros cinco países europeos que apostaron por esta tecnología. En Cataluña el fiasco se consumó en noviembre de 2008, cuando la Corporació Catalana de Mitjans Audiovisuals cerró las emisiones después de diez años sin audiencia.
El fiasco
Antes de poner en marcha la radio digital se hicieron numerosas pruebas técnicas pero ningún estudio riguroso sobre la demanda. Se dijo que la radio digital ofrecería más emisoras y mayor calidad de sonido pero no se tuvo en cuenta que los oyentes ya estaban satisfechos con la emisión de la FM. Además, en diez años la oferta jamás ha superado la de la recepción clásica, que también ha logrado ofrecer soluciones, como el RDS, para otra de las ventajas que ofrecía la radio digital: la posibilidad de viajar por el territorio sin tener que cambiar de emisora.
Los oyentes potenciales estaban obligados, eso sí, a comprar un nuevo transistor cuyo precio, superior a los 100 euros en todos los casos, no se tuvo en cuenta, a pesar de que los fabricantes advirtieron des del primer día que con tecnología digital no permitía ofrecer aparatos más baratos. Las reticencias de los empresarios de radiodifusión tampoco frenaron una iniciativa científico política que no supo identificar las nuevas necesidades.
¿Qué hemos aprendido?
Sólo algunos genios y visionarios han sido capaces de crear un mercado. Que una tecnología sea posible no significa necesariamente que la gente esté dispuesta a pagar por ella. Igualmente, que una mayoría de instituciones y empresas la defiendan no implica que la hayan analizado suficientemente. Probablemente sólo se pensó en no quedarse atrás.